ENTREVISTA A: @kimjoalier

Kim y el valor del oficio: una mirada joven a la joyería artesanal

Estamos sentados en el balcón del estudio de Kim, con un café colombiano que nos ha traído a la mesa de centro que hace al mismo tiempo de cenicero. Kim es joyero artesanal y trabaja desde su propio taller, que ocupa todo el salón y da directamente al balcón de un piso de unos 75m2. Desde el principio se intuye que su forma de hacer va más allá de la técnica: hay una relación muy personal con el tiempo, que nos permite hablar con él del proceso y los objetos que crea.

Nació en Ginebra, Suiza, y ha estado viviendo entre Suiza y España. Define su vida como un equilibrio constante, un 50-50 que ha marcado tanto su recorrido personal como su manera de entender el trabajo. Moverse entre países, idiomas y culturas le ha dado una perspectiva amplia sobre el valor del oficio, la tradición y las distintas formas de relacionarse con los objetos. Esa dualidad está muy presente en su manera de trabajar, relacionarse con la tradición para aprender de ella y desmantelarla desde el conocimiento, importar conocimiento y exportar cultura.

Uno de los primeros recuerdos de Kim ligados a la creación son las figuras de Warhammer. Además de pintarlas, creaba los escenarios completos, los paisajes y el universo que las rodeaba. El interés estaba en el proceso, en el detalle y en el tiempo invertido, más que en el resultado final. Kim no llegó a jugar nunca con esas figuritas. Se las daba a su primo. Una especie de primer encargo solo con el objetivo de compartir esos universos creados con sus manos. 

Entre los 16 y los 18 años se produce un primer punto de inflexión. Gracias a su tío, Kim entra en contacto con talleres de joyería en Suiza y descubre el oficio desde dentro. Allí entiende que la joyería es un mundo amplio y altamente especializado: engastadores, pulidores, esmaltadores, cada uno con un conocimiento muy concreto y especializado en una tarea.

Más adelante, se traslada a Barcelona para estudiar joyería en La Llotja. Aunque no termina el grado, la experiencia es clave para confirmar que ese es su camino, aunque no necesariamente a través de la formación académica tradicional. A partir de ahí, su aprendizaje se vuelve eminentemente práctico aunque intermitente, pues la constancia no es el fuerte de una persona creativa que cuenta con tantos inputs, y todos interesantes.

Kim vuelve a Suiza en 2018-19 y ahí es cuando da el salto a Instagram con una respuesta inmediata. El feedback positivo funciona como motor y le empuja a tomarse el proyecto más en serio, a practicar más y a perfeccionar su técnica, la constancia ahora sí está presente. Con el tiempo, esa constancia se traduce en una decisión importante: hacerse autónomo y querer vivir de la joyería. Hoy lleva ya tres años trabajando por su cuenta como autónomo, y todo lo que ello conlleva.

Hablar de vivir del arte implica también hablar de sus límites. Kim es claro: “(...) muchas veces no se vive, se sobrevive”. Los márgenes son ajustados y los costes elevados. Nos explica que vender una joya por 100 euros no significa ganar 100 euros; materiales, cuotas y tiempo reducen mucho el beneficio real. Con los 100 euros que nos pone de ejemplo, pocas veces tiene un beneficio neto superior a los 10.

Durante la conversación, Inés, compañera de TAGMAG, comparte una anécdota reveladora: tras comprar un anillo en Estambul y necesitar ajustarlo en Barcelona, le resulta sorprendentemente difícil encontrar un joyero en su propio barrio. La mayoría están jubilados. Este detalle pone sobre la mesa una realidad preocupante: la desaparición progresiva de los oficios artesanales y la falta de relevo generacional, y cómo esta falta muchas veces termina ligada a la precariedad, también fruto de la falta de visibilidad de un sector envejecido y como todo el resto de oficios a día de hoy, escaso.

Si hablamos de herencia, el taller de Kim está lleno de historia. Muchas de las herramientas que utiliza son heredadas. La mesa de trabajo, está hecha completamente a mano y encajada en madera, no tiene tornillos porque cada pieza está creada conscientemente a medida, y esta mesa pertenecía al padre de su tío. “Está pensada para durar toda la vida.”, nos confirma Kim. Esta relación con el tiempo también define su visión de la joyería. Incluso, de manera indirecta, impregna su proceso creativo.

Mientras hablamos de ello, surge un tema relacionado con esto: Kim distingue claramente entre joyería y bisutería. La joyería trabaja con materiales preciosos como la plata o el oro, que han acompañado a la humanidad durante siglos. Son objetos que conservan valor y memoria.

De ahí nace su lema: Inmortal Jewelry. Joyas pensadas para durar, para pasar de una generación a otra. Y que, quizás sin quererlo, comparten la misma herencia que respiran su propio taller y sus herramientas. Una mentalidad que conecta especialmente con uno de los encargos más curiosos que recibió Kim por parte de unos clientes japoneses que ni siquiera conocía, y que le encargaron unos anillos de boda, pensando explícitamente en poder traspasarlas a sus hijos y nietos.

Detrás de cada joya hay un proceso largo y, en gran parte, invisible. Días enteros pensando, dibujando, descartando ideas y repitiendo piezas hasta que funcionan, a pesar de la experiencia, este proceso de prueba y error hace única cada joya y la dota de personalidad. Para Kim el error no es un problema, sino una parte esencial del camino que implica cada encargo y las implicaciones únicas que le demanda cada uno.

Cada pieza implica convivir con ella durante horas, días y a veces semanas. Kim conoce cada imperfección, cada decisión tomada y cada cambio de rumbo de todas sus joyas. Ese tiempo compartido genera un vínculo emocional fuerte, y por eso enviar una joya terminada siempre tiene algo de despedida. Entre risas nos cuenta también que a veces, se las quedaría, solo por lo que significan para él después de esta convivencia.

Con los años, ha desarrollado algo que considera clave en su trabajo: la intuición. No como algo abstracto, sino como una capacidad construida a base de años de repetición y observación. Lo que antes visualizaba en 2D y tenía que traducir, ahora lo imagina directamente en 3D. Puede transformar un dibujo, una idea vaga o incluso un tatuaje en una joya de manera casi inmediata solo con verla. Esa intuición no elimina el trabajo manual, pero sí acelera y afina el proceso creativo. Pudiendo dedicar más tiempo a esa convivencia que dota a cada joya de una relación especial con su creador.

Las influencias de Kim son múltiples y no siguen una jerarquía clara: videojuegos, anime, recuerdos de infancia, la estética de las BMX Races, coches, ropa y cultura visual en general. Todo se mezcla de forma natural y se filtra a través de su lenguaje propio. En los encargos hay clientes que le dan total libertad y otros que llegan con referencias muy concretas.

En ambos casos, Kim busca lo mismo: que la pieza funcione dentro de su universo. Él mismo define su trabajo como la búsqueda de la perfección dentro de la imperfección. Un proceso en el que sus referencias y su universo autorreferencial conviven con las necesidades de cada encargo

Kim no muestra su cara, y la decisión es completamente consciente. Viene, en gran parte, del mundo del graffiti y del tattoo, donde el anonimato y el misterio forman parte de la cultura. Se conoce la obra, el nombre y el estilo, pero no necesariamente el rostro de quien lo produce.

A la pregunta de qué le motiva a seguir, Kim responde primero con humor: pagar las facturas. Pero enseguida va más allá. Lo que realmente valora es poder vivir de algo que le hace feliz. Trabajar en su propio taller, sin jefes, creando con las manos, es un privilegio que no da por sentado. De cara al futuro, no descarta colaborar con otras personas, acoger a alguien en prácticas o trabajar en proyectos especiales con marcas. 

La inquietud creativa de Kim siempre está activa.

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