CUANDO LA MÚSICA TAMBIÉN TE PIDE UNA PAUSA.
Hay canciones que llegan en el momento justo, aunque quien las escribe no lo sepa. Terapia nació cuando Stivijoes empezaba a plantearse si quería seguir intentando vivir de la música. No era exactamente una despedida, pero sí una forma de empezar a soltar la idea de convertirla en su oficio.
En su música, esas dudas siempre han tenido espacio. El síndrome del impostor, el duelo o la sensación de no estar a la altura forman parte de un universo en el que escribir funciona casi como llevar un diario.
Después de años compaginando trabajos y música, Stivijoes reconoce que lleva tiempo preguntándose si quiere seguir dedicándose a ella profesionalmente. La presión de los números, los lanzamientos constantes y la sensación de que siempre hay que producir algo nuevo han ido desgastando una relación que sigue siendo importante para él. Hoy hablamos con Stivijoes sobre las inseguridades que siguen ahí, la música como forma de entenderse y el derecho a no tener claro qué viene después.
‘Terapia’ nació en un momento en el que te planteabas dejar de intentar vivir de la música. ¿Qué sentiste cuando una canción que casi concebiste como una despedida acabó cambiando el rumbo de tu carrera?
Lo veo un poquito como una salvación, creo. Justo como dices, no sé si era una despedida de la música, pero sí de intentar que esto fuera mi oficio. Lo sentí un poco como una señal. No creo en nada, no siento que haya ninguna energía por ahí, pero sí lo vi como un «intenta curártelo otra vez; a lo mejor este no es el final de todo».
En tu álbum ‘El único ser sin talento’ tratas muchas inseguridades ¿Hay alguna que hayas conseguido dejar atrás gracias a la música o que, por el contrario, siga apareciendo cada vez que te sientas a crear?
Creo que, más que haber desaparecido, ahora soy más consciente de ellas y puedo dejarlas un poco más de lado. Pero van a continuar ahí, creo, toda mi vida. La que engloba un poquito todo el disco es el síndrome del impostor. Soy incapaz de quitármelo de la cabeza: sigo viendo al resto de artistas como verdaderos genios y eso hace que sienta que quizá no soy suficiente. Antes no me daba cuenta y se convertía en un suplicio, en un fustigamiento diario. Ahora simplemente vivo un poquito con ello y lo entiendo.
“(…) A mí me tranquiliza todavía más saber que no estoy solo en esto.”
- STIVIJOES
Tu música ha pasado de contar historias muy personales a abordar temas tan profundos como el duelo en ‘Llorar en silencio’. ¿Hay emociones que solo consigues entender de verdad cuando las conviertes en una canción?
Sí. Tengo muy presente que utilizo mi música un poquito como un diario. Una vez lo plasmo, puedo leerlo y darme cuenta de lo que estoy pensando. Si no, vivo en automático: el dolor viene y va, y lo bueno también. Es cuando lo escribo y lo escucho cuando digo: «Vale, me está pasando esto. Estoy mal, estoy genial o estoy entendiendo que me ocurre algo». Por ejemplo, con el síndrome del impostor, ponerlo en una canción me ayuda a entender que me está pasando y a tener un poco más de control sobre ello.
Has compartido tu música mientras trabajabas en una fábrica de turrones y has construido una carrera mostrando una parte muy real de ti en redes. ¿Qué queda de aquel Stivi en el artista que eres hoy y qué has tenido que dejar atrás?
Si te digo la verdad, envidio a aquel Stivi por la resiliencia que tenía. Trabajaba 40 horas a la semana, seis días, y al salir me metía en el estudio, me ponía a escribir, hacía TikToks dentro y fuera del trabajo y pensaba en cómo hacer crecer el proyecto. Volver a hacer todo eso es algo que ahora mismo ni me plantearía. Siento que aquel Stivi tenía mucha más fuerza que yo. Pero creo que conservo la capacidad de adaptarme: si tuviera que volver a pasar por aquello, sé lo que es, he vivido de ello y no tendría problema en volver a ese mundo.
Muchas personas encuentran en tus canciones palabras para cosas que no saben cómo expresar. ¿Cómo te hace sentir que algo que escribiste desde una experiencia tan íntima pueda acabar formando parte de la historia personal de alguien que ni siquiera conoces?
Me ayuda un montón, muchísimo. Cada semana veo mensajes o historias de otras personas que, por lo que sea o por pura casualidad, conectan con la mía. Puede ser por el fallecimiento de sus padres, por situaciones de pobreza extrema o por el propio síndrome del impostor. Veo que también se reconocen en esas experiencias y que les tranquiliza saber que un artista al que escuchan y muchas veces admiran habla de ello y siente algo parecido.
Y a mí me tranquiliza todavía más saber que no estoy solo en esto. Cada semana recibo algún mensaje que la otra persona cree que me envía como agradecimiento, pero yo lo veo también como un apoyo hacia mí.
En otra entrevista hablaste de cómo la industria musical ha normalizado el fast food emocional. ¿Crees que hoy se espera que los artistas conviertan cualquier emoción en contenido inmediato, en lugar de dejar que las canciones maduren?
No sé quién lo espera. Creo que hay dos vertientes. Sí que creo que la industria lo espera con ansias: al final, es ir a pescar e intentar pescar el pez más gordo todo el rato. Cuando llamas industria a algo, es obvio que se ha convertido en un lugar del que sacar mercancía. Si llamas industria a algo que tiene que ver con el arte, estás convirtiendo tu arte en mercancía.
No lo veo necesariamente como algo negativo, pero todo acaba yendo cada vez más rápido. Si puedes hacer una canción y sacar la siguiente mucho antes que la anterior, no te van a decir que no lo hagas. Por otro lado, creo que los oyentes están empezando a relajarse un poco y a desconectar de la inmediatez del mundo digital. Tengo la sensación de que estamos llegando a un punto en el que queremos volver a ponernos un iPod y unos cascos, utilizar un móvil de concha o leer en físico. Tengo la esperanza de que estemos encontrando otra vez un equilibrio entre el mundo digital y la posibilidad de darles tiempo a las cosas, de disfrutarlas sin quererlo todo inmediatamente.
¿Qué podemos esperar del Stivijoes de ahora?
Estoy perdidísimo, la verdad. Llevo un año muy perdido. Me encantaría saber qué esperar de mí mismo, porque nunca había sentido esto en un trabajo. Si trabajas en una tienda de turrones, entras a las ocho o nueve de la mañana, sales a las cinco de la tarde y te vas a lo tuyo. Es todo más automático. Pero siento que mi trabajo se ha convertido también en mi estado de ánimo: la forma en la que estoy afecta directamente a cómo trabajo, y eso me está quemando un montón.
Sé que quiero seguir haciendo música, pero desde enero me pregunto cada día si de verdad quiero dedicarme a ella como oficio y no simplemente como hobby. Hay muchas cosas que me están afectando negativamente. Me genera ansiedad tener que poner entradas a la venta, pensar que alguien no puede permitírselas, no venderlas todas o sentir que vender 25 entradas me convierte en el peor artista del mundo. También están los ensayos, los números y todo lo que no puedo controlar. Hablándolo con mi gente, me he dado cuenta de que simplemente tengo que darme un tiempo. No tengo prisa. Tengo canciones que he ido haciendo poco a poco y que sacaré sin ningún problema porque las amo con todo mi corazón, pero siento que estoy en una especie de cuenta atrás para tomar una decisión sobre mi carrera.
Y si se termina, se termina. No pasa nada. A veces parece que, una vez entras en la industria, tienes que mantenerte ahí para siempre o eres un fracasado. Llevo siete años pensando justo lo contrario, que sería un fracasado si lo dejara ahora. Pero ¿por qué tiene que haber un único plan, el plan A? Hay tantas cosas que me gustan y que podrían ser mi plan B.
