DESCUBRIENDO A: ‘1111’
En Descubriendo a: hablamos con 1111 (mil-ciento-once), un proyecto que parece haberse construido precisamente en el lugar donde las cosas dejan de estar claras. Sus canciones habitan ese espacio incómodo entre el deseo y la realidad, entre el ruido y la calma, entre emociones que nunca terminan de resolverse del todo. Más que buscar respuestas, el grupo parece interesado en permanecer dentro de las preguntas.
Formado por tres perfiles distintos que comparten una misma inquietud creativa, 1111 ha ido levantando un universo propio alejado de etiquetas fáciles. Hay referencias reconocibles, ecos de escenas y sonidos que sobrevuelan sus canciones, pero todo acaba filtrado a través de una sensibilidad muy particular, marcada por la amistad, la conversación constante y una forma de entender la música casi como una herramienta para descifrarse a uno mismo.
Su próximo álbum, Historias de Ángeles, del que todavía no podemos desvelar fecha, nace precisamente de esa necesidad. Un trabajo que explora la saturación emocional, las contradicciones cotidianas y las formas en las que el entorno acaba moldeando nuestras historias más personales. Un disco que mira hacia dentro, pero que inevitablemente también acaba hablando de una generación, de una ciudad y de una manera concreta de estar en el mundo.
En vuestros temas hay una sensación constante de "ruido emocional", como si todo estuviera a punto de romperse pero nunca lo hace del todo. ¿Ese equilibrio entre caos y canción lo buscáis o es consecuencia directa de cómo trabajáis juntos?
Entender una emoción de verdad es algo muy complicado, y nosotros le tenemos mucho respeto a eso. Nos interesa el oficio de transitar ese flujo emocional, los grises que existen dentro de una sola cosa que sientes. Al final lo que más aparece en nuestras canciones son deseos que nunca terminan de ocurrir del todo.
El ruido emocional también nos pilla de cerca a nivel personal. Somos personas que disociamos mucho y que luchamos contra eso. Hay procesos de sinceridad, conversaciones y una búsqueda compartida que después se sublima dentro de la creación.
El equilibrio es algo muy subjetivo y muy difícil de encontrar. Lo que para una persona es orden, para otra es caos absoluto, y a nosotros nos parece interesante jugar con ese tipo de balanzas. Esa exploración viene dada porque nos conocemos muy bien, porque nos respetamos mucho entre nosotros y porque para nosotros la creación musical es algo muy serio.
Venís de referencias muy concretas, pero lo vuestro no suena importado. ¿En qué momento pasa de ser influencia a convertirse en algo propio y qué papel juega Madrid en ese filtro?
No tenemos ni idea, la verdad. Creo que de manera inconsciente buscamos escuchar cosas que no hemos oído antes y, a la vez, sí. Supongo que todas las canciones que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida perviven en lo que hacemos.
Las canciones no son de nadie. Como oyentes haces tuyas las canciones, y como músicos todavía más. Esa posesión con respecto a la música se traslada cuando vas al estudio, y eso lo sentimos como algo muy positivo.
Con respecto a Madrid, es un núcleo de escenas llenas de superescenas, con escenas muy nicho viviendo por debajo. Todas son importantes y, a la vez, nada importantes, en grados extremos. Los tres hemos orbitado escenas distintas y ninguno había sentido cierta plenitud a la hora de crear. Por suerte nos conocimos, compartimos esas inquietudes y las plasmamos escuchando música y haciéndola.
Al final no somos una banda, somos un grupo, un colectivo, una agrupación. Tres chavales productores, cada uno con su propia obsesión respecto al instrumento, la voz, los teclados o la guitarra.
- 1111
Sois tres perfiles distintos dentro del mismo proyecto. ¿Cómo se reparte realmente el proceso creativo dentro de 1111? ¿Hay jerarquías o funciona más como un choque constante de ideas?
Llamarlo jerarquía nos parece algo peyorativo. Los tres tenemos puntos en común muy especiales y, a la vez, formas de entender lo que nos pasa de manera radicalmente opuestas.
Tenemos virtudes y defectos completamente distintos. Siendo conscientes de ello, sabemos cuándo beneficia a la canción, al estudio o al momento que alguien tome las riendas o que otro las tome. Es algo muy líquido y muy natural dentro de nosotros, porque nos conocemos muy bien.
‘La Línea de Puntos’ y ‘Que me baile’ ya dejan entrever un imaginario bastante generacional, casi de saturación emocional. ¿’Historias de Ángeles’ va a ir por ahí o es un proyecto más narrativo de lo que parece desde fuera?
Toda narrativa individual tiene un componente social inherente. Cuando hablas sobre tu barrio, tu entorno, tu pareja, tus amigos, el trabajo, el dinero, tus padres, el amor o conceptos abstractos, estás incluyendo dentro de ti una fotografía de un momento, de una cultura y de muchas otras cosas.
Historias de Ángeles es un intento de responder nuestras preguntas a nivel vital y emocional. Cremos que es un poco ambas cosas: una narrativa y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la saturación emocional en distintos ámbitos.
Habéis decidido producir todo el álbum vosotros mismos. En un momento donde todo pasa por abrir sesiones a mil manos, ¿es una decisión artística o también una forma de proteger el proyecto?
Puede que de manera inconsciente hayamos actuado así, pero no nos cerramos a trabajar, escribir o escuchar con otra gente. De hecho, ya lo hemos hecho, y el disco se ha beneficiado mucho de opiniones cercanas y también de opiniones muy ajenas al proyecto.
Mattin Zeberio, productor y amigo de la banda, se prestó a hacer varias sesiones de escucha con oídos frescos cuando teníamos las canciones completamente viciadas. Nos dio impresiones muy acertadas y el disco no sería el mismo sin esas conversaciones.
Siempre estaremos nosotros tres porque ese es el núcleo que sostiene todo. Pero los tres respetamos mucho el trabajo ajeno y lo que puede aportar a nuestras canciones.
Antes incluso de salir el disco ya estáis en circuitos como Primavera Sound o Roskilde Festival. ¿Sentís que el directo está condicionando cómo hacéis los temas?
Absolutamente. Al final no somos una banda, somos un grupo, un colectivo, una agrupación. Tres chavales productores, cada uno con su propia obsesión respecto al instrumento, la voz, los teclados o la guitarra.
Y no solo es que los temas condicionen el directo, sino que nosotros condicionamos completamente eso. Está bien, es natural, es lo que es.
Nuestro directo no es una banda. Sonamos muy bien, la verdad, y le metemos mucha intención y muchas ganas. Lo vivimos al cien por cien. Es una faceta más del proyecto que nos importa muchísimo y que hacemos a nuestra manera.
La colaboración con Claudio Montana ha llegado justo antes del Primavera. ¿’El odio Ajeno’ funciona como statement dentro del disco o es más bien una pieza puente?
La verdad es que no lo sabemos muy bien. Creemos que todas las canciones son un statement, el disco es un statement.
No hay puente que necesitemos, porque ya lo hemos tenido. Hemos desechado un disco entero, murió, y en paz descanse.
Todas las canciones son un statement.
Si alguien os descubre ahora, en este punto previo al álbum, ¿qué versión de 1111 está viendo: la definitiva o solo una primera capa de algo más complejo?
Definitivamente, lo que hay ahora mismo disponible para escuchar de este nuevo trabajo es un porcentaje muy pequeño de todo lo que está por venir.
Nos gusta hacer trabajos extensos y creemos que este disco es un disco para escuchar de corrido.
Estamos deseando que salga.
